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EL BUDA DE AMÉRICA

Galván es presentadora de los noticieros de las 5 p.m. y 10 p.m. de Univisión en Houston.

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Michelle-Galvan

Dejar tu país no es fácil. Separarte de tu familia, amigos, cultura, costumbres y comida es un reto físico que también pone a prueba la voluntad de cualquier persona. Una vez escuché al Dalai Lama decir que “la voluntad de una persona es más fuerte que cualquier arma”.

El religioso budista es un océano de conocimiento y fue precisamente él quien fue uno de los maestros más importantes que tuvo Cau-Chín, quien desde niño se separó de su familia en Vietnam para convertirse en un monje, en un hombre dedicado a la fe, a la espiritualidad, a crear conciencia entre los hispanos.

El budismo es una de las religiones más antiguas del planeta, nació hace más de 2,500 años. Este legendario sistema de creencias es el que Cau-Chín ha reforzado en América, en Texas y, para ser más exactos, aquí en Houston.

El monje es ahora un maestro, un ser iluminado, un buda, que ve por los hispanos, que predice el futuro sin titubear, un hombre que es capaz de “hacer llover con solo soplar al cielo”.

A lo largo de mi andar he conocido gente que dice leer el aura, las cartas, el café, el agua, los caracoles, hablar con ángeles y predecir el futuro por la posición de los planetas. Unos cuantos reunieron mis expectativas, muy pocos le atinaron a lo que predijeron, pero mi búsqueda por el querer saber más allá de mi presente terminó cuando escuché las palabras del maestro Cau-Chín, en un inglés con acento vietnamita quien además se esfuerza por hablar español.

Con la ayuda de sus traductores, los mensajes son más claros para quienes lo visitan. Mi primera impresión fue que no tuve que dar dinero por estar en ese sitio, después aludí los cuadros y figuras de buda que me conectaron con mi adolescencia cuando investigué sobre el mundo budista, pero esas figuras quedaron en mi mente como objetos sagrados, cuando de un pasillo cubierto por libros y un biombo de madera tallado dejó que pudiéramos alcanzar a ver a Cau-Chín.

Sus vestimentas de color dorado brillaban como todo a su alrededor. Su túnica simboliza la humildad del hombre, sus pies descalzos me hacían recordar que estaba en un lugar sagrado y su cabeza rapada declaraba un divorcio con su ego.

Sus ojos permanecían en trance; era difícil percibir una mirada del maestro de 68 años. Esa mañana vi un hecho que no tendría explicación científica: cuando el maestro apareció a la vista de sus visitantes, la señora sentada a mi lado lucía como cualquier otra persona de unos 50 años.

Al salir de su consulta en privado con Cau-Chín, su semblante era otro. Hoy no tiene más esta enfermedad y dice haber experimentado en carne propia un milagro. Lo dijo tres días después, en el templo, una explanada que te transporta al medio oriente y al cual solo puedes acudir si el maestro así te lo indica.

Mis oídos y mi mente no daban crédito a lo que escuchaba, pero mi escepticismo quedó a un lado cuando tres hispanos más contaron sus diferentes milagros entre las más de 3,000 personas.

Desde ese día le doy las gracias a Stephany por haberme compartido su experiencia y ser testigo presencial de la ayuda que reciben miles de hispanos gracias al Buda de América.

@michelle_galvan